Palabras para Román

Hace un rato tuve el privilegio de dedicarle unas palabras al Dr. Román López Villicaña, Jefe de Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la UDLAP, en su Festejo Conmemorativo.


Aún recuerdo la primera ocasión en la que vi al Dr. Román. Fue durante la Semana de Inducción, en la presentación de los profesores del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política. En ese momento reinaba la incertidumbre entre los estudiantes de mi generación. Yo anotaba todo lo que podía. Absolutamente todo era nuevo. En medio de ese caos de novedad, lo único que me tranquilizó, y ciertamente, me distrajo un poco, fue el comenzar a pensar de dónde era el acento del Dr. Román. “No debe ser mexicano”, pensé. “Quizás de algún lugar de Centroamérica, o incluso más lejos”. Desde entonces y hasta la fecha, y al menos para mi, su particular acento es una de las cualidades más distintivas de este profesor. A quien hoy homenajeamos.

Recuerdo que al finalizar la sesión introductoria de la que les hablo, me acerqué a él para preguntarle sobre el Programa Dual. Debe de haberme dicho demasiado sobre este intercambio, porque al revisar mis notas, me topé con que sólo había escrito nombres de lugares y un par de cuestiones administrativas. No escribí más. Asumo que decidí mejor escuchar.  Tanto como solía hacerlo durante sus clases.

“Introducción a las Relaciones Internacionales” fue la primera clase que este profesor me impartió. La primera sesión consistía, como suele suceder, en presentarnos y decir el lugar del que veníamos. Sin importar cuál fuera la proveniencia de los ahí presentes, desde París, Chilpancingo, San José del Cabo, la Ciudad de México, Tai Pei, o Tierra Caliente, el Dr. Román conocía todos y cada uno de los lugares que mencionábamos. Se mostraba curioso por saber si conocíamos tal cafetería, tal restaurante, si habíamos visitado el pueblo o el lugar que se encontraba a los alrededores de nuestra ciudad de origen. Ese día todos nos sorprendimos. Nos sorprendimos de estar frente a un hombre que conocía mejor que nosotros la ciudad en la que habíamos crecido.

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Hace un rato, con el Dr. Román.

Conforme el primer semestre avanzó, y comenzamos a conocer más a Román, a entender su acento y descifrar sus siempre puntuales notas en nuestros ensayos, comenzamos a conocer a alguien que hoy yo sólo puedo describir como imparable. Cada clase aprendíamos algo nuevo de él: sus visitas a África, las personas que había conocido, las anécdotas de viaje, lo que había escrito, lo que había hecho, lo que en ese momento hacía y los proyectos que quería hacer. Siempre había una nueva historia por escuchar. Una presente invitación por leer, por escribir, por ser más críticos. Por ser mejores estudiantes.

Pienso en las clases del Dr. Román y pienso en Historia, Geografía, Política, Cultura. En apuntes en los que se leen nombres de Reyes y Príncipes. En libretas en las que aparecen fechas tras fechas.  Pienso en clases en las que debíamos llegar con un mapa, o en el peor de los casos, tener que dibujar uno, para así comenzar a ubicar los lugares más remotos. No leer implicaba un enojo por parte del profesor. Más que justo. Leer implicaba volverse íntimo de sujetos como: Pearson, Rochester, Kennedy, Kissinger, Morgenthau, Lord Curzon, entre otros.  En sus clases había también datos curiosos que a la fecha conservo y guardo en mi mente celosamente. ¿Con quién más habría yo podido aprender que Boko Haram significa en hausa que la educación occidental es pecaminosa? También había ejercicios que nos hacían pensar todo aquello que jamás habíamos pensado, ¿qué representa la Isla de Clipperton para México…y cómo podríamos recuperarla? Aún recuerdo que una de las respuestas sugería el intercambiar a Florance Cassez por el islote. Sobra decir la discusión que se suscitó después…encabezada por una compañera francesa que en ese momento se encontraba en el salón.

Quisiera compartir con ustedes una anécdota que escuché por parte de un integrante de académico de LAMUN XXIII. Al subir al estrado a entregar los premios a los Delegados y agradecer a sus compañeros de mesa y al equipo organizador del evento, esta persona se tomó un momento para agradecerle al Dr. Román su apoyo incondicional. Contó que antes del Modelo de Naciones Unidas, había sufrido un ligero accidente que lo había obligado a andar en silla de ruedas. Recordó que hubo un momento en el que tenía que trasladarse a prisa a un determinado lugar y el Dr. aquí presente lo ayudó, e incluso, y esto es lo que no recuerdo muy bien, le facilitó el acceso por una zona aparentemente restringida a los estudiantes. Al andar por ahí, se encontraron con un Policía que les dijo que no estaba permitido el acceso. Ante esto, el Doctor respondió que era Profesor, le indicó al policía que los dejara pasar y, y estas son las palabras que se me tatuaron en la piel, “estaba ayudando al alumno como se ayuda a un Hijo”.

La anécdota demuestra, al igual que otra gran cantidad de acciones, la gran calidad humana de una persona que, sin importar la situación, siempre saluda con una sonrisa. Una persona, como mencioné, imparable. Que inspira. Inspira a saber que siempre hay algo nuevo por conocer. Inspira a jamás dejar de sorprenderse. Invita a viajar a lugares cuyo nombre ni siquiera podemos pronunciar. Invita e inspira a ser un mejor estudiante. Y así una mejor versión de uno mismo.

Sé bien que hablo por todos los estudiantes aquí presentes, incluso por los que no pudieron asistir hoy, cuando le doy las gracias por todo el conocimiento, apoyo y cariño. Reconocemos y aplaudimos una trayectoria que continuará escribiéndose durante muchos años más. Todos los caminos son distintos. Tanto los nuestros, como estudiantes, y el suyo, como Profesor. Nadie sabe con seguridad a dónde irá mañana. Pero sé muy bien que a dónde sea que Usted decida ir, no importa el lugar, nosotros como alumnos, gracias a lo que nos enseñó, podremos ubicarlo en el mapa.

Muchas gracias.


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Con la Dra. Diana Banks, el Dr. Román López Villicaña y el Dr. Marco Aurelio Almazán St. Hill, en AMEI 2010.

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