VIAJANTE: San Cristóbal de las Casas

A Fátima. Por leer. Por creer.

Después de doce años, volví a estar en uno de los lugares más mágicos de Chiapas: San Cristóbal de las Casas. Tenía 11 años la primera vez que estuve en ese lugar. De esa ocasión, recuerdo muy poco.

A las siete treinta de la mañana del martes quince de abril corría en Xalapa un viento estremecedor. El eclipse lunar fue el día anterior. Si algo aprendí de mis clases de Ciencias de la Tierra es que la luna incide en diversos elementos de nuestro entorno. A eso se debía el tan incontenible aire. Cuando menos eso me gustó pensar. Ese es mi primer recuerdo de este viaje.

Varias horas en carretera, casetas, irreverentes condiciones climatológicas, ver una de mis obras de Ingeniería Civil preferidas (el puente Antonio Dovalí Jaime) y un amplio catálogo de paisaje después, mi familia y yo llegamos a Tuxtla Gutiérrez. A pesar del mantenimiento que están haciendo a las calles, la ciudad se cruza en línea recta. Es un trazo urbano muy sencillo. Mi amiga Carmina recomendó comer en “Las Pichanchas”, un restaurante que, en su lema, invita al comensal a sentirse chiapaneco.

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De entrada: un platón de botana que incluía tostaditas tuxtlecas y turúrulas, salpicón, butifarra, jamón de San Cristóbal, queso y rebanadas de tamal de jacuané frito. Este último consiste en una hoja de hierba de santa la cuál se fríe entre frijoles y camarón. Como plato fuerte elegí la Pechuga Jucuané: pechuga de pollo rellena de frijoles bañada con salsa de hierba santa acompañada de arroz y plátanos fritos. ¡Una delicia! El lugar se caracteriza por el Pumpo, una bebida preparada con vodka, piña natural, agua mineral y limón; y que se sirve en un recipiente conocido como bule, guaje o tecomate. Sin importar cuántas veces un cliente ordene este brebaje, los meseros tocan campanas que se encuentran por todo el restaurante a la par que gritan “¡SALE EL PUMPO!”. En mis planes ya está prepararles a mis amigos este (mortal) néctar. Antes de partir: café de olla y mazapán de cacahuate…y visitar la Catedral de Tuxtla, de estilo neoclásico y cuyo patrón es San Marcos. Lo más representativo de este recinto religioso es el riel sobre el que cada hora aparecen, al ritmo de alguna canción de iglesia, figurines de los Doce Apóstoles.

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Después de manejar poco menos de noventa kilómetros, llegamos a nuestro destino. 19h. Registro en el Hotel. La primera parada fue el Museo del Jade, espacio dedicado a la exposición e investigación de una de las piedras que encuentro más preciosas. En Mesoamérica esta roca se asociaba con poder o jerarquía. Ante esto no sorprende que cuando se descubrió la tumba de Pakal (gobernante maya que subió al trono con tan sólo doce años, en el 615 d.C.), fueran en ésta encontradas más de 1000 piezas de jade en sus diversas tonalidades: verde, lila, negro, y blanco luna. Mis piezas favoritas de la colección: un colgante de corazón del cielo, hallado en Guerrero en que se puede apreciar una incisión del signo de venus y dos rostros; un monito colgante que se encontró en las costas de Chiapas; y un hermoso collar de tres niveles de cuentas y diversas tonalidades.

Las piezas más poéticas y románticas de este museo son las que combinan jade con la concha Spondylus princeps. Un hermoso elemento marino de formaciones espinosas que, se dice, crecen hacia el Oriente, donde nace el sol. Para la cultura maya, esta joya tiene la capacidad de anunciar lluvia o sequía, se asocia también con la femineidad.

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Saliendo del museo decidimos cenar en el restaurante “El Fogón de Jovel”. Después de analizar rápidamente el menú, me decidí por una ensalada de verduras que acompañé con TZOTZIL, cerveza artesanal chiapaneca. Esa noche bebí una porter. Al otro día regresé por una ámbar. Las dos, exquisitas. Fue una agradable sorpresa saber que existe producción cervecera en este Estado de la República Mexicana.

Me desperté temprano el miércoles para salir a tomar fotografías. Caminé por las aún vacías calles de San Cristóbal de las Casas. Poco a poco los diversos comercios comenzaron a abrir sus puertas. Después de un rápido desayuno con mi familia, decidimos comenzar a conocer los tres andadores de la ciudad: Real de Guadalupe, Miguel Hidalgo, y 20 de Noviembre.DSC_0624

Cada andador tiene una cualidad que lo distingue del otro; sean las cafeterías que ahí se encuentran, las galerías en donde uno puede comprar productos artesanales, (incluso) la extensión y elevación de la calle, o lo que se encuentra al final del mismo: la Iglesia de Guadalupe, el Arco del Carmen (Andador Miguel Hidalgo), la Iglesia y el antiguo Convento de Santo Domingo (Andador 20 de Noviembre).

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En el primer andador que menciono me encontré con maravillosos locales en los que se fomenta la producción nacional. Conocí la tienda de la marca chiapaneca LACOMPRÉ, un proyecto textil independiente que confecciona piezas como sacos, capas, blusas, vestidos y bolsos en los que predominan los detalles y bordados realizados a mano por artesanos de Chiapas. Toda la línea está predominantemente dirigida aun público femenino; sin embargo, sé que es cuestión de tiempo para ver una colección para caballeros colgando de sus racks. Mientras eso sucede, seguiré ahorrando para poder comprar el bolso de piel negro con pompones de colores que me conquistó desde el primer momento que lo vi.

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Junto a la tienda de esta marca chiapaneca se encuentra el expendio de CARAJILLO CAFÉ, empresa cuya mezcla de granos proviene de San Pedro Cotzilnam, lugar ubicado en los Altos de Chiapas en el municipio de Aldama. Alondra, una de las empleadas del lugar, amablemente me explicó que en ese espacio reciben directamente de los productores los granos de café para así seleccionarlos para tuesta y finalmente empaquetarlos para venta. Me invitó a visitar la cafetería que se encontraba un par de locales abajo para probar una mezcla que conjuga cinco variedades de café: typica, bourbon, mondo novo, caturra, y garnica. Mientras esperaba mi café, Daniel (el barista que recién comenzaba a trabajar ahí), me explicó acerca del proceso. A la vez, me invitó a ver que en la barra podía apreciar, hecha con granos de café, la cara de uno de los productores. Gran manera de hacer un homenaje. Justo cuando creía que nada podía ser mejor, me percaté que en las bocinas sonaba “Angels”, de Bastille ft. Ella. Mientras estuve ahí también escuché “Changes” (de Faul & Wad Ad & Pinau). Fue maravilloso.

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Al seguir caminando por el Andador Real de Guadalupe me topé con Inter Vino San Cristóbal, un espacio que fomenta la cultura vinícola entre locales y turistas. Además de contar con una gran cava que alberga una muy diversa selección, en este lugar también se pueden adquirir diversos vinos mexicanos. En la tienda LA CONTRA se encuentra un gran catálogo de productos tales como los vinos P125: proyecto vinícola que nace en Ensenada, Baja California, cuyas botellas, sin importar la cepa, cuestan $125 pesos. Lo anterior a manera de eliminar el prejuicio de “el licor nacional es más caro que el extranjero”.

Un par de calles y varias vueltas después, mi familia y yo llegamos al Taller Leñateros, colectivo editorial fundado en 1975 por Ámbar Past. Este espacio ilustra, imprime y edita libros de artista que realizan artistas mayas contemporáneos. Todo el papel está hecho a mano con tintes naturales. Además de postales, carteles y libretas, se pueden adquirir libros con filosofía maya traducida a diversos idiomas.

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Al salir de taller nos dirigimos a Na Bolom; instituto de investigación y difusión de la cultura (y tesoros) maya sobre el que había leído antes de iniciar el viaje. El nombre de esta asociación cultural significa “Casa del Jaguar” en tzotzil. Fue fundado en 1950 por Frans y Gertrudis Blom, dos extranjeros que dedicaron su vida y su corazón a estudiar todo aquello que se relacionara con los habitantes de la Selva Lacandona. Su historia me pareció inspiradora. Se conocieron en una pista de aterrizaje en 1943. Fue amor a primera vista. Se mudaron juntos a un departamento en la Ciudad de México y todos sus recursos los destinaron a viajes de investigación en los que pudieran conocer más sobre los habitantes de la selva antes mencionada.

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En lo que una vez fue la casa de los Blom, uno puede encontrar diversas utensilios lacandones, fotografías, instrumentos musicales así como el guardarropa de Gertrudis Blom. Además de poder visitar el comedor y otros espacios de uso personal de los investigadores, el visitante puede tener acceso a una bellísima sala de lectura en la que tuve el privilegio de sentarme a leer un par de páginas del libro que llevaba en ese momento conmigo.

En Na Bolom conocí a Chankin (cuyo nombre significa “pequeño sol” en maya). Le compré una hermosa pulsera de amba proveniente de la Selva Lacandona. Me contó que su esposa se llama Chanuk (pequeño, en maya). Juntos son padres de una hermosa niña llamada Nuk (grande, en maya). A la fecha, la pulsera está en mi muñeca izquierda, para recordar la bella historia de tres personas con hermosos nombres.

Posiblemente el lugar más representativo que se puede encontrar en el Andador Turístico 20 de Noviembre sea la Iglesia de Santo Domingo. Un bello edificio barroco, ubicado en el barrio conocidoDSC_0588 como “El Cerrito” cuya fachada es de un sumamente sutil color rosa. La aversión al vacío del exterior arquitectónico de este lugar es hermosa. Lamentablemente, el recinto se encontraba cerrado. Asumo que deberé volver en una próxima ocasión para conocer el interior de este maravilloso ejemplo de sincretismo religioso.

Tanto como la Iglesia de Santo Domingo es representativa del Andador 20 de Noviembre, el Arco del Carmen lo es del Andador Miguel Hidalgo. Este monumento es un maravilloso ejemplo de lo mudéjar en México: sucesión geométrica, materiales y color característicos, mándalas colocados en esquinas. Detrás de este monumento, se encuentra el Centro Cultural del Carmen. Un hermoso espacio artístico en el que se imparten diversos talleres, desde guitarra hasta clases de ballet.

Antes de finalizar el día, mi familia y yo visitamos el “Museo de las Culturas Populares de Chiapas”, en donde se exhibía una muestra que reúne el trabajo de la fotógrafa Maruch Sántiz, quien con su lente capturó la creatividad y complejidad del proceso de lana y el bordado que deviene en maravillosas piezas textiles.

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Esa noche y uve la oportunidad de regresar a Inter Vinos. El equipo fue sumamente amable conmigo. Mientras terminaba de leer el libro que llevé al viaje, disfruté de Rodano 1, una mezcla de cuatro cepas: mourvedre, syrah, carignan, y cinsualt.

Mi papá suele decir que uno no conoce una ciudad hasta que visita su Iglesia, habla con los residentes, come el pan local y bebe su café. Yo agregaría que para conocer una ciudad también hay que correrla. Es por eso DSC_0537que el jueves por la mañana decidí salir a correr. Recorrí los tres andadores, estrechas y hermosas calles, conté los escalones de la Iglesia de Guadalupe e incluso subí al Cerro de San Cristóbal. Fueron diez kilómetros muy satisfactorios. Y pintorescos.

Ese día viajamos a Chiapa de Corzo, ubicado a poco más de 70 kilómetros de San Cristóbal, para visitar el Cañón del Sumidero. Antes de subir a la lancha en la que haríamos el recorrido por este majestuoso espacio natural, hicimos un recorrido por la localidad. Me entristeció notar el precario estado de conservación de la Fuente Colonial (también conocida como “La Pila”), otro monumento de inspiración mudéjar en Chiapas que data del siglo XVI y cuya forma, hecha en ladrillo, asemeja a un diamante. Espero que pronto las autoridades correspondientes comiencen a preocuparse por la restauración de esta bella obra.

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La experiencia en el Cañón del Sumidero fue sensacional. Mientras hacíamos el recorrido pudimos ver la diversa fauna del lugar: desde garzas hasta cocodrilos y monos araña. Estar entre imponentes edificaciones de roca de más de 1000 metros de altura es una experiencia única, se siente cierta protección…y también cierto silencio acogedor.

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Al regresar de Chiapa de Corzo, tuve la oportunidad de asistir a la obra de teatro: PAKAL/ Corazón de Jade y el Katún del Señor del Rostro de la Muerte, de la compañía Palenque Rojo, en el Teatro Daniel Zebadúa. La puesta en escena fue hablada, en su totalidad, en maya. A los costados del escenario se proyectaron traducciones tanto en español como en inglés. Disfruté mucho de la producción, la cuál se valió de recursos multimedia para así convertir en única la experiencia teatral.

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Nuestra visita a San Cristóbal de las Casas finalizó el día Viernes. En mi mente se quedaron impresas hermosas imágenes de un lugar que me provocó una gran cantidad de suspiros. El respeto a las tradiciones y las costumbres originales, la importancia que se le otorga a la producción textil, la seguridad y vigilancia que existe en la ciudad, las cafeterías, galerías y restaurantes. Las artesanías. La amabilidad de los locales. Los lugares en los que se intercambian libros. Todo eso, y más, es San Cristóbal de las Casas. Es magia. Y momentos.

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Momentos como tomarme de la mano con mi familia en la lancha que nos llevó al Cañón del Sumidero. La plática de carretera con mi papá. El (volver a) preguntarle por qué es periodista. El yo aspirar un día a serlo. Ver a mi hermana dormir. Ver a mi madre sonreír. A lo largo de mi vida he dejado ir muchas cosas, pero momentos como esos son los que llevo conmigo siempre.

Siempre.

Hasta que nos volvamos a encontrar, mi querido San Cristóbal de las Casas.

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