SUBRAYADOS: Las batallas en el desierto, José Emilio Pacheco

Enamorarse de un imposible…en una ciudad que hoy sólo existe en el recuerdo. En un fugaz fragmento de la Colonia Roma. En el sexenio de Miguel Alemán Valdés. En un pasado en el que me hubiera gustado haber vivido. En un hoy que un día fue mañana. 

Ayer. Carlitos. Y Platillos Voladores.

Y Mariana. Siempre Mariana.

Y yo, a mis veintitrés años saberme Carlitos…esperando a mi siguiente Mariana. 


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“Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti”. 

“Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos”.

“Para el impensable año dos mil se auguraba —sin especificar cómo íbamos a lograrlo— un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie la faltaría nada. Las máquina harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada”.

“Yo no entendía nada: la guerra, cualquier guerra, me resultaba algo con lo que se hacen las películas. En ella tarde o temprano ganan los buenos (¿quiénes son los buenos?).

“Pero aquel año, al parecer, las cosas andaban muy bien: a cada rato suspendían las clases para llevarnos a la inauguración de carreteras, avenidas, presas, parques, deportivos, hospitales, ministerios, edificios inmensos”.

“Aplausos, confeti, serpentinas, flores, muchachas, soldados (todavía con sus cascos franceses), pistoleros (aún nadie los llamaba guaruras), la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando entrega al Señorpresidente un ramo de rosas. 

“Nadie escoge cómo nace, en dónde nace, cuándo nace, de quiénes nace”.

“Mi padre señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a alguien debía pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo”.

“Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo, tan hermosa”.

“Ciudad en penumbra, misteriosa colonia Roma de entonces. Átomo del inmenso mundo, dispuesto muchos años antes de mi nacimiento como una escenografía para mi representación”.

“Miré la Avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria”.

“Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza”.

“Mariana se había convertido en mi obsesión. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo”

“Hasta que un día  —un día nublado de los que me encantan y no le gustan a nadie— sentí que era imposible resistir más”.

“No, no puede ayudarme, señora. ¿Por qué no, Carlitos? Porque lo que vengo a decirle —ya de una vez, señora, y perdóneme— es que estoy enamorado de usted”.

Versión ilustrada de Las batallas en el desierto, años ´70 02Versión ilustrada de “Las batallas en el desierto” (c. década de 1970), novelas mexicana ilustradas

“Sin embargo Mariana no se indignó ni se burló. Se quedó mirándome tristísima”.

“Anda, habla, no te quedes llorando como una mujerzuela. Di que tu hermano no te malaconsejó para que lo hicieras”.

“MI padre ni siquiera me regañó. Se limitó a decir: Este niño no es normal. En su cerebro hay algo que no funciona. Debe de ser el golpe que se dio a los seis meses cuando se nos cayó en la Plaza Ajusco. Voy a llevarlo con un especialista”.

“Todos somos hipócritas, no podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los demás”.

“¿Cuándo, me pregunté, había tenido por vez primera conciencia del deseo”.

“Mi madre se quedó en una banca, rezando por mi alma en peligro de eterna condenación”.

“Por obra del pecado original, el demonio es el príncipe de este mundo y nos tiende trampas, nos presenta ocasiones para desviarnos del amor a Dios y obligarnos a pecar: una espina más en la corona que hace sufrir a Nuestro Señor Jesucristo”.

“Pero no estaba arrepentido ni me sentía culpable: querer a alguien no es pecado, el amor está bien, lo único demoniaco es el odio”.

“‘Mi mayor placer’: Subirme a los árboles y escalar las fachadas de las casas antiguas, la nieve de limón, los días de lluvia, las películas de aventuras, las novelas de Salgari. O no: más bien quedarme en la cama despierto”.

“‘Lo que más odio’: La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan, ver que tiren el pan a la basura”.

“Me dieron ganas de gritarles: imbéciles, siquiera pónganse de acuerdo antes de seguir diciendo pendejadas en un lenguaje que ni ustedes mismos entienden. ¿Por qué tienen que pegarle etiquetas a todo? ¿Por qué no se dan cuenta de que uno simplemente se enamora de alguien? ¿Ustedes nunca se han enamorado de nadie?”.

“Hay que inscribirte en un lugar donde sólo haya gente de nuestra clase. Y Héctor: Pero, mamá ¿cuál clase? Somos puritito mediopelo, típica familia venida  amenos de la colonia Roma: la esencial clase media mexicana. Allí está bien Carlos. Su escuela es nuestro nivel. ¿A dónde va usted a meterlo?”.

“Mi madre insistía en que la nuestra —es decir, la suya— era una de las mejores familias de Guadalajra. Nunca un escándalo como el mío. Hombres honrados y trabajadores. Mujeres devotas, esposas abnegadas, madres ejemplares. Hijos obedientes y respetuosos. Pero vino la venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna”.

“Y por eso, no cesaba de repetirlo mi madre, estábamos en la maldita ciudad de México. Lugar infame, Sodoma y Gomorra en espera de la lluvia de fuego, infierno donde sucedían monstruosidades nunca vistas en Guadalajara como el crimen que yo acababa de cometer. Siniestro Distrito Federal en que padecíamos revueltos con gente de lo peor. El contagio, el mal ejemplo. Dime con quién andas y te diré quién eres”.

“Carne de gata, buena y barata”.

“…el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”.

“Qué estupidez meterme en un lío que pude haber evitado con sólo resistirme a mi imbécil declaración de amor. Tarde para arrepentirme: hice lo que debía y ni siquiera ahora, tantos años después, voy a negar que me enamoré de Mariana”.

“Miró hacia Insurgentes: los Packards, los Buicks, los Hudsons, los tranvías amarillos, los postes plateados, los autobuses de colores, los transeúntes todavía con sombrero: la escena y el momento que no iban a repetirse jamás”.

“Es que mira, Carlitos, no sé cómo decirte: la mamá de Jim murió”.

“Vi la muerte por todas partes: en los pedazos de animales a punto de convertirse en tortas y tacos entre la cebolla, los tomates, la lechuga, el queso, la crema, los frijoles, el guacamole, los chiles jalapeños. Animales vivos como los árboles que acababan de talarle a Insurgentes. Vi la muerte en los refrescos: Mission Orange, Spur, Ferroquina. En los cigarros: Belmont, Gratos, Elegantes, Casinos”. 

“Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia. Pero existió Mariana, existió Jim, existió cuanto me he repetido después de tanto tiempo de rehusarme a enfrentarlo. Nunca sabré si el suicidio fue cierto. Jamás volví a ver a Rosales ni a nadie de aquella época. Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años”. 

 

 

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