Yo no voy a ser como mi papá…

A mi papá

la foto

Crecí viendo a mi papá hacer muchas cosas. Lo pienso escribiendo en una máquina de escribir que colocaba encima de una toalla  para así no hacer tanto ruido al presionar las teclas. Lo veo leyendo los domingos a las siete de la mañana. Husmeo en su closet para encontrar los frascos de las más exquisitas lociones. Lo imagino luchando contra todas las circunstancias para salir de un lugar cuyo nombre bien podría aparecer en cualquier novela de Realismo Mágico.  Lo escucho siempre diciéndome “hay un mundo más allá de tu nariz”. Lo descubro en el pasillo de las revistas, o en una librería comprando no menos de tres libros. Busco entre sus cosas y encuentro libretas y una cantidad irrisoria de lapiceros.

Cada día me parezco más a él. Cada día me sorprendo haciendo exactamente lo mismo que él hacía. Me descubro a mí mismo haciendo lo que el hoy día hace: escribir. Y otras costumbres y manías que le heredé, o le copié, ya no sé. Cada día me trago más y más esa frase que un día categóricamente pronuncié. “yo no voy a ser como mi papá”.

Yo no voy a ser como mi papá…

Hoy mis zapatos no estaban limpios. Pensé en mi papá diciéndome que me los fuera a bolear, pues esa no es manera de andar por la calle. Menos es manera de ir a trabajar. No con los zapatos sucios.

Caminé hasta el primer boleador de zapatos que encontré. Hay uno en la esquina de la calle Azueta y Avenida Juárez. Frente a la Alameda en la que un día se pintó un Sueño de una Tarde Dominical. Tenía poco dinero así que decidí primero preguntar el costo de la boleada. “El dinero no es lo importante, si usted no trae los veinte pesos, no importa, lo que me quiera dar, y si no trae, también está bien”, me dijo el Sr. Nicolás. Me senté esperando tener una plática banal. No fue así. Todo lo contrario.

Los escasos minutos que el Sr. Nicolás empleó en bolear mis zapatos sirvieron también para enterarme que recién celebró su cumpleaños el pasado quince de septiembre: cumplió sesenta años, se ha dedicado a la misma profesión durante cuarenta. “Yo soy rico”, me dijo, “porque soy libre, pobre es aquél que no lo es. Antes estaba en aquella esquina”, señaló un espacio cruzando la calle que hoy es ocupado por varias bicicletas, “me movieron a este lado a cuando remodelaron la Alameda. He visto un incontable número de personas entrar a ese hotel”, pronunció mientras señalaba el inmueble que tenía a su izquierda. “El hombre más rico del mundo ha entrado en repetidas ocasiones ahí”, volvió a señalar el edificio”. “Le gusta pasear por la Alameda. Lo hace acompañado de su equipo de seguridad. Eso no es ser libre”. Suspiró. “A la vida la agradezco lo que tengo, lo que soy y lo que hago. Esto es breve y hay que disfrutarlo”.

Seguía boleando mientras me compartía lo triste que le resultaba lo que estaba sucediendo en Baja California Sur. Sentía un gran pesar al saber que, lamentablemente, sus nietos sufrirían los estragos de ese total descuido por el planeta. Sí, también me habló de eso. Terminó de hacer su trabajo y desee que mis zapatos estuvieran más sucios, para así pasar más tiempo con él y que me hablara más.

Motivado por una costumbre paternalista conocí al Sr. Nicolás. Lo que me dijo, lo que de él aprendí, hoy es un tatuaje mental.

Por mi papá fui a bolearme los zapatos. Por mi papá, indirectamente, conocí a alguien cuya manera de ver la vida es hoy una inspiración.

Por mi papá… 

Involuntariamente compruebo que el hombre que cumple años un día después que yo, a pesar de no vivir en la misma ciudad (vive doscientos noventa y dos punto seis kilómetros lejos de mí – por supuesto que sé la cifra exacta, me gusta saber a qué distancia estoy de la gente que amo), me sigue enseñando algo nuevo cada día. Continúo de él aprendiendo. Hace que me sienta menos sólo. Protegido. Amado. Sabiendo que hay un Mundo más allá de mi nariz. Y, sobre todas las cosas, me hace percatarme de que esa frase va cambiando: cada día soy más como mi papá…me gusta que así sea.

 

 

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